
Una de las cosas que más me llamó la atención en Ibiza, fue que los relojes parecen mover sus manecillas a un ritmo distinto al resto del planeta. Incluso, los conceptos de temprano y tarde adquieren un matiz diferente en la pequeña isla, donde lo mismo se puede ir a discotecas a las diez de la mañana, que salir de compras a las doce de la noche. Tanto es su influencia, que casi se nos pasa la hora de las uvas.
Es muy interesante observar cómo las calles de Eivissa cambian drásticamente sus tonalidades, ruidos y colores durante el día.
Con la salida del sol, se empiezan a acomodar las terrazas de algunos restaurantes y cafés que ofrecen desayunos a los madrugadores y a los trasnochadores por igual, y el puerto se llena del bullicio de las sirenas y los motores de los barcos que atracan para llevar pasajeros a la vecina Formentera, a otras islas Baleares o hasta Barcelona y los puertos de tierra firme. Algunos comercios se aventuran a desplegar sus toldos por la mañana e intentan seducir a los primeros compradores del día, a medida que el sol avanza sobre la ciudad.
Es muy interesante observar cómo las calles de Eivissa cambian drásticamente sus tonalidades, ruidos y colores durante el día.
Con la salida del sol, se empiezan a acomodar las terrazas de algunos restaurantes y cafés que ofrecen desayunos a los madrugadores y a los trasnochadores por igual, y el puerto se llena del bullicio de las sirenas y los motores de los barcos que atracan para llevar pasajeros a la vecina Formentera, a otras islas Baleares o hasta Barcelona y los puertos de tierra firme. Algunos comercios se aventuran a desplegar sus toldos por la mañana e intentan seducir a los primeros compradores del día, a medida que el sol avanza sobre la ciudad.


Pero al irrumpir el mediodía, las callejuelas se vuelven desiertas. Es la hora en que cierran los comercios y apenas se ve fluir la vida en ese “pueblo embrujado”. ¡Es increíble pensar que dentro de unas horas, esas calles desiertas estarán llenas de paseantes!
Después del letargo del mediodía, los comercios vuelven a abrir sus puertas lentamente, y después del atardecer, la vida urbana alcanza su máximo esplendor y se desbordan sus calles. Con la puesta del sol, cuando la mayoría de los barcos han regresado al puerto, los restaurantes y cafés se atestan de comensales y bebedores, que rumiando una ininteligible mezcla de idiomas europeos, se disponen a cenar, charlar o simplemente tomar algo después del largo día. Los negocios siguen abiertos hasta la madrugada para acoger a toda esa marea de curiosos compradores que afluye por doquier y no cesa de husmear en una oferta tan variopinta que incluye desde antiguas cerámicas hasta estrafalarias gafas de sol... ¡que se usan de noche!
La noche es puro contraste. Después de la medianoche y de la algarabía provocada por la llegada del año nuevo, los pubs son invadidos por los festejantes. Es entonces cuando los templos del baile acaban de abrir sus puertas despidiendo miles de decibelios de música desde sus altavoces. La gente parece estar en otro mundo, es absorbida por alguna fuerza mayor, que les hace ingerir litros y litros de alcohol y bailar sin parar durante interminables horas.
Una que no está muy acostumbrada, prefiere acabar la procesión de la madrugada en otros lugares con encanto, como el Ítaca. Un pequeño café concierto que pasa inadvertido entre tantos locales de moda. Era impensable que en una madrugada de fin de año, al cruzar la puerta de aquel sitio, pudieras de verdad sentirte al otro lado. Un ambiente ténue, personas relajadas conversando entre copas, y de repente, dentro de esa aparente normalidad, irumpe la caricia sonora de un piano, el lamento de un bolero cantado por una anciana, el alma de un extranjero deslizándose por un blues, "Babel" deleitándonos con una jazz session y hasta una tímida chica que vence sus miedos cantando Summer Time.

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